Siempre supe que volvería, claro que sí, pero faltaba decidir la fecha idónea. No vale cualquier momento ni, especialmente, cualquier companhía. Yo intentaba disimular cada vez que alguien me proponía un viaje a Praga ("venga, Ana, vamos y me lo ensenhas todo"), sin atreverme a confesar que no, que mi idea de volver a mi amada ciudad checa no consistía en hacer de guía turística.
Se trata de volver. No tengo por qué subir al castillo o cruzar el Karlův Most. Solo si me apetece. No tengo que estructurar mis días por zonas ni subir a la torre Eiffel. El plan es distinto. El plan es repasar mis lugares pasito a pasito y beber Staropramen y buscar al senhor colgado o al caballo del Lucerna. Por fin hay fecha.
Ayer Marta me envió un sms desde Glasgow. "Ana, si cojo billetes para Praga para el último fin de semana de noviembre, está bien?". Y justo esa tarde yo había hablado con Vincent (así, después de cuatro anhos), que ahora vive en Berlín y ve mucho a Karin, y me dijo que teníamos que quedar todos en Praga. Marta ya tiene sus billetes, así que ahora los demás solo nos tenemos que unir en trenes y autobuses.
Hace algo más de un anho, Simon me dijo que él había vuelto hacía solo un mes. "Y cómo fue?", pregunté nerviosa. "No sé, raro. Como estar en casa sabiendo que no lo estás. Como estar en un lugar que conoces muy bien pero que a la vez ves muy lejano".
Lo más raro de todo será descubrir que coger el tram 11 y bajarme en Zborov no hará que mis llaves abran la puerta de Černokostelecká.
(Foto de Pataruco)



