Todo se cumplió. En el autobús desde Charleroi a Bruselas las casitas me trasladaron al pasado. No a Praga, ni Berlín, ni nada así, me llevaron a mucho antes, a viajes en coche y camping por Francia. No podía haber tanta diferencia entre Normandía y Bélgica, pero esa regresión me chocó y reabrió agujeros ya cerrados de mi cerebro.Y supongo que lo inexplicable surgió ahí. Volvía a tener 12 años y una manía al idioma recién nacida y débil. Entendía a la gente y no hablaba porque para eso ya estaban papá y Rocío, pero iba pensando la conversación y todo salía bien. A veces me lanzaba y tenía que negar el placer del cambio de estructuras. Aún no sabía de dónde salía esa sensación ni visualizaba los sistemas lingüísticos temblando en mi cabeza.
Yo creía que Bruselas me trasladaría idiomáticamente a Praga y que mi manía seguiría intacta. Volver a escuchar a tanto francófono lleno de espíritu egofrancés. Pero las casitas eran claramente francesas y no centrales y por eso.
Ya en la ciudad, iba pensando en París, en Berlín, en Praga. Entonces entendí que la Unión Europea no podía haber elegido mejor su capital. Un poquito de todo y personas multilingües. Un país de mentira donde viven los políticos europeos. Como una maqueta de la utopía que queremos ser.




